Para saldar nuestra cuenta pendiente con Laos, decidimos visitar un lugar donde podamos vivir y sentir la auténtica vida local. Asi que luego de una fugaz pasada por Vientiane, la capital del país, nos dirigimos a las 4000 islas al Sur de Laos.  Con el fin de hacer nuestro viaje menos tortuoso y evitar sufrir de nuevo el famoso ¨efecto lavarropa¨ de las rutas de Laos, nos subimos a un ¨sleeping bus¨. Un bus de larga distancia sencillo que literalmente cuenta con camas cuchetas simples y dobles en su interior, baño, A/C, almohadas y colchas. Aunque las medidas estaban hechas para el asiático standard y las camas nos quedaban un poco cortas, igualmente pudimos dormir valiosas horas.

Luego de 20 largas horas llegamos a la isla de Don Det, una de las miles de islas que se encuentran en el medio de donde el río Mekong se hace más ancho y algunos islotes desaparecen con la marea alta. Algo parecido a las islas del tigre en Buenos Aires pero mucho menos desarrollado.

Llegamos a un improvisado puerto en un pequeño bote a motor. La pequeña villa se extiende al costado del río donde se encuentran el grueso de los restaurantes, los escasos guest house y los destartalados bungalows que parecen caerse al río en cualquier momento. El lugar no tiene mucho para decir, ni para hacer más que relajarse en las hamacas que cuelgan de los balcones privados de la habitación, disfrutar de la tranquilidad de la aldea y de la hospitalidad de la gente que en su mayoría no habla ingles.

El primer día nos dedicamos a caminar por los alrededores de la isla donde se asienta la humilde población rural. Entre el ruido de las plantas de bamboo moviéndose se encuentran construcciones rústicas de bamboo, paja y madera, con sus pequeñas huertas, se los puede ver bañándose en el río, nenes corriendo desnudos, trabajadores en los campos de arroz y animales de granja sueltos.

Al día siguiente cruzamos un antiguo puente, construido por los franceses unos cientos de años atrás, para llegar a la isla de Don Kong donde se ubican unas imponentes cataratas y un claro donde nos pegamos un chapuzón para refrescarnos del calor.

Una linda experiencia fuera del circuito turístico que nos dio la oportunidad de apreciar la verdadera cara de la moneda, degustar la comida local y vivir a su tiempo. Un poco rústico para nuestro gusto, sobre todo el problema de la barrera idiomática que a veces puede provocar confusiones.

Al otro día temprano cambiamos nuevamente de país, ansiosos por conocer Cambodia.